Un terremoto nos recuerda, de la manera más dura, que detrás de cada sistema, cada protocolo y cada institución, hay personas.
Personas que sienten miedo, que buscan a sus familias, que ayudan a un vecino, que atienden a un herido, que organizan una comunidad y que, muchas veces, deben actuar mientras todavía intentan comprender qué está ocurriendo.
También nos recuerda algo profundamente humano: cuando llega una emergencia, la solidaridad crece.
Se multiplican los gestos de ayuda, las comunidades se organizan, los voluntarios llegan, los equipos responden, las instituciones se movilizan y muchas personas, aun en medio de la incertidumbre, buscan cómo proteger a otros.
Pero la solidaridad, por poderosa que sea, necesita organización.
Precisamente para eso debería servir un Sistema Nacional de Gestión del Riesgo: para lograr que todas esas capacidades puedan encontrarse, complementarse y actuar juntas cuando más se necesitan.
Colombia ha construido ese sistema durante décadas.
Podemos imaginarlo como una gran partitura. Una partitura, en este caso, no es solamente una ley, un protocolo o un plan. Es ese marco común que permite que personas, instituciones, comunidades y organizaciones distintas sepan cómo coordinarse, apoyarse y responder como parte de un mismo esfuerzo.
Como en una orquesta, cada quien tiene una función diferente. Ningún instrumento puede reemplazar a todos los demás. Y la fuerza no está en que todos hagan lo mismo, sino en que sepan cómo tocar juntos.
El Sistema Nacional de Gestión del Riesgo debería entenderse desde esa lógica: como una construcción pública, privada y comunitaria, que pertenece al país y que ha evolucionado con décadas de emergencias, aprendizajes, conocimiento, experiencia territorial y desarrollo institucional.
Ese es parte de su ADN.
Y cuidarlo no significa dejarlo intacto.
Las amenazas cambian. Las ciudades crecen. Surgen nuevas vulnerabilidades. La tecnología avanza. El cambio climático transforma los escenarios de riesgo y las crisis son cada vez más complejas e interconectadas.
Por eso, un sistema fuerte debería aprender de cada emergencia.
Volver a leer la partitura.
Preguntarse qué funcionó, dónde quedaron expuestas nuestras brechas y, sobre todo, qué tenemos que mejorar o cambiar antes de la siguiente vez.
Porque incluso la mejor partitura tiene un límite: necesita personas capaces de interpretarla.
Cuando ocurre una emergencia, los planes dejan de ser papel.
Se convierten en decisiones. En rescates. En atención. En información. En protección. En logística. En acompañamiento. En personas tratando de ayudar a otras personas en uno de los momentos más difíciles de sus vidas.
Por eso, la capacidad real del sistema debería descansar también en quienes están preparados para actuar: quienes coordinan y toman decisiones, personal técnico y de salud, científicos, trabajadores humanitarios, organismos de respuesta, equipos de primera línea, voluntarios, organizaciones sociales, empresas y comunidades.
Y esas capacidades deberían estar lo más cerca posible de donde ocurren las emergencias.
Porque una emergencia siempre comienza siendo local. Comienza en una casa, una calle, un barrio, una vereda o un municipio.
Por eso, una gestión del riesgo realmente descentralizada debería combinar capacidades sólidas en los territorios con mecanismos claros de apoyo, coordinación y complementariedad entre los distintos niveles del sistema.
Una comunidad preparada fortalece al municipio. Un municipio preparado fortalece al departamento. Departamentos con capacidades sólidas pueden apoyarse entre sí. Y las capacidades nacionales deberían reforzar y complementar las capacidades territoriales cuando la magnitud de una emergencia lo requiera.
Cada nivel debería contar con los medios necesarios para asumir su responsabilidad y, al mismo tiempo, saber cuándo necesita apoyo y cómo integrarlo.
Eso requiere algo más que asignar funciones.
Requiere formación, comunicaciones, logística, información, financiación, equipos y capacidad real de ejecución. De lo contrario, la partitura existe, pero algunos músicos siguen sin instrumentos.
Y hay otra realidad que no deberíamos perder de vista: Una respuesta eficaz depende tanto de sistemas claros, como de capacidades necesarias para ponerlos en práctica.
Por eso, un sistema fuerte debería conectar las capacidades públicas con la experiencia de quienes responden en el primer momento, el conocimiento de la ciencia y la academia, la infraestructura y capacidad de ejecución del sector privado y, sobre todo, el conocimiento y las redes de las propias comunidades.
En esa arquitectura son esenciales los trabajadores humanitarios, el personal de salud y emergencias, la Cruz Roja Colombiana, los cuerpos de Bomberos, la Defensa Civil y muchas otras organizaciones y redes que están presentes en los territorios antes, durante y después de una crisis.
También deberían tener un lugar las organizaciones comunitarias, universidades, iglesias, organizaciones no gubernamentales, asociaciones, empresas, juntas y redes locales.
Muchas de esas capacidades pueden ser decisivas en primeros auxilios, alojamiento, alimentación, apoyo psicosocial, protección, logística, voluntariado, información, comunicación con comunidades y recuperación temprana.
No deberíamos descubrirlas cuando el desastre ya ocurrió.
Deberíamos conocerlas, fortalecerlas y conectarlas antes.
Para eso sirven los simulacros, la formación y los espacios de coordinación.
Son los ensayos de la orquesta.
Pero la partitura no termina en las instituciones.
También pertenece a la ciudadanía.
Una sociedad preparada conoce sus amenazas, comprende sus vulnerabilidades, sabe cómo actuar, reconoce información confiable y entiende que algunas personas pueden necesitar más apoyo que otras.
- Está en una familia que conoce una ruta de evacuación.
- En una escuela que enseña cómo reaccionar.
- En una comunidad que sabe organizarse.
- En una empresa que protege a sus trabajadores.
Prepararse no significa vivir con miedo.
Significa estar en mejores condiciones para protegernos y proteger a otros.
El reciente terremoto vuelve a recordarnos que una partitura solo tiene sentido cuando puede convertirse en acción. Colombia ha construido la suya durante décadas.
El desafío debería ser mantenerla viva, fortalecerla donde todavía existen brechas y asegurarnos de que, cuando llegue el momento, tengamos no solo una buena partitura, sino también las capacidades, la preparación y la confianza necesarias para interpretarla juntos.
Porque, al final, el propósito de todo sistema de gestión del riesgo no es el sistema mismo.
Es proteger la vida.
Walter Ricardo Cotte
Director para la atención de la Emergencia
Cruz Roja Valle
